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  • Extraviados, con el tacto herido…,

    Extraviados, con el tacto herido,

    nos ocultamos temblorosos

    en el humo de la noche.

     

    Marionetas de una pesadilla,

    no creemos estar en ella.

     

    Una copa de miseria es la rutina,

    una vasija de lágrimas, una gota de sangre, sucia,

    que lentamente resbala

    de una cabeza maniatada.

     

    ¿Recuerdas el torso de aquel muerto,

    traspasado por las balas,

    en el centro de una calma merecida…,

    turbia?

     

    ¿Recuerdas el carbón de los inocentes,

    la túmida lengua de los vencidos,

    el luto artificioso de los culpables?

     

    Continuaremos, furtivos,

    sobre esta plancha de cadáveres.

     

    A cada paso más ciegos

    y espectrales.

     

  • A ese, que sufre de fatiga por leer a Balzac…

    A ese, que sufre de fatiga por leer a Balzac.

     

    A ese que al oír de Tolstoi

    grita sin saber «Guerra y Paz».

     

    A ese que descubre Los Amorosos

    y el resto de la semana

    se dice encantado

    de las hojas y los insectos.

     

    A ese que solo sabe del peculado

    las cuatro, cinco palabras,

    de los encabezados.

     

    A ese, que usa los libros de tapiz multicolor

    sobre los estantes del olvido;

    a ese que finge una letanía de grave erudito

    tras leer —moda ligera— El Código Da Vinci;

    a ese que ni las novelas «solapeadas»,

    ni las cortedades del twitter,

    lo empujan a romper su dieta

    de telenovelas y afiches;

    a ese, el candidato cordial

    que promete mundos nuevos

    y no conoce uno solo

    de los grandes mundos

    de Víctor Hugo.

     

    A ese…, ¡castíguenlo!

     

    Cuelguen en su flácido pecho

    el más deshonroso letrero;

    hagan que en su mente rueden

    las tinieblas de un escabroso seno.

     

    Hállenlo en las pobres escuelas

    donde la ciencia es un eco

    de repetidas lecciones sin cebo,

    y en el vecino sonriente

    que sin pena se ufana

    de ser un hueco.

     

    Persíganlo, en los despachos del Municipio,

    en los salones de la Bolsa,

    en los más caros negocios,

    en el prestigioso bufete

    de una marca poderosa.

     

    Y, atrapado, átenlo de rodillas y manos

    en el húmedo pupitre;

    ¡ciéguenlo a la luz directa del sol!;

    y dicten a este peculiar malhechor

    la condena de leer al tacto, en relieve,

    los libros empacados y eternos

    por siempre.

     

    A ese…, ¡castíguenlo!

     

  • Hundido en el asco…

    Hundido en el asco

    a los infectos cadáveres,

    los arrojados fríamente

    por el fuego de su cañón,

    el sicario halla el reposo

    al pie

    de un árbol fecundo.

     

    Ha dejado tras de sí

    sus huellas de sangre

    que lo persiguen siempre

    y que solo para él

    son visibles.

     

    Duerme,

    y su conciencia de piedra

    —pequeña lápida anónima—

    ingresa

    a un hondo letargo.

     

    El asesino sueña

    que un joven cordero

    atado a un poste se queja,

    y que una niña, con un claro vestido,

    al pobre animal se acerca

    blandiendo un largo cuchillo.

     

    La infante entierra febril la hoja

    en la carne lanuda;

    acaba

    con los necios balidos.

     

    En su rostro, salpicado en sangre,

    se refleja el éxtasis

    de una misión cumplida.

     

    El sicario deja salir

    un escabroso suspiro; salta

    del inquietante espejismo.

     

    ¡Era su hija, que lo miraba, dándole el cuchillo!

     

  • Encerrados en un cajón mullido…

    Encerrados en un cajón mullido, los infelices muertos,

    en sus ruinas hechas esponja,

    cuentan los disparates de su historia

    y chupan, complacidos,

    su índice descarnado.

     

    De sus cuencas, ojos de tiniebla,

    se derrama la noche de sus años,

    y en restos de piltrafa

    se deslizan hacia la puerta

    de una celda sin plazos.

     

    ¡Ay, Alberto!

     

    ¿Acaso muerdes la orilla

    con los dientes que arruinaste

    en el hueso de tus víctimas?

     

    ¿Te aferras con esas manos carcomidas

    que a traiciones dedicadas

    nunca podrían detener

    el hundimiento de tu alma?

     

    Dime, ¿cuál es tu treta

    para que, al año, una misa y una anécdota

    devuelvan limpia tu efigie

    desde un mar de llanto y lodo?

     

    Declara pronto tu secreto…

     

    En la noche desolada, no atrevo el sueño:

    figuro que mi alma evade el regreso, y que despierto,

    olvidado, hundido, en la sepultura.

     

    Oh, Alberto.